Prometí cumplir con sus instrucciones cuidadosamente.
—Sé que mi Páschenka les va a tomar afecto —continuó la anciana—. ¡Es un muchacho magnífico! ¿Lo creerán? Jamás pasa un año sin que me mande algo de dinero, y también ayuda bastante a mi hija, Anúshenka, ¡y todo de su propio sueldo! Doy gracias a Dios por haberme dado semejante hijo —prosiguió con lágrimas en los ojos.
—¿Te escribe a menudo? —le pregunté.
—Rara vez, querida: tal vez una vez al año. Solo cuando manda el dinero, de otro modo no. Dice: «Si no te escribo, madre, eso significa que estoy vivo y bien. Si me llegara a pasar algo, lo que Dios no quiera, te avisarán sin necesidad de que yo lo haga».
Cuando le entregué el regalo de su madre al capitán (estaba en mis propios aposentos), me pidió un trozo de papel, lo envolvió con cuidado y luego lo guardó.
Le conté muchas cosas sobre la vida de su madre. Permaneció en silencio y, cuando hube terminado de hablar, se fue a un rincón de la habitación y se ocupó durante lo que pareció un largo rato en llenarse la pipa.
“¡Sí, es una anciana espléndida!”, dijo desde allí, con voz bastante apagada.
“¿Permitirá Dios que vuelva a verla?”
Estas sencillas palabras expresaban mucho amor y tristeza.
“¿Por qué sirves aquí?”, pregunté.
—Hay que servir —respondió con convicción—. Y cobrar doble paga, como hacemos aquí en el Cáucaso, significa mucho para hombres pobres como yo.