—Buenas noches, señora condesa —dijo, ofreciendo la mano a través de la ventanilla del carruaje.
Una manita enfundada en un guante de cabritilla apretó la suya, y un rostro bonito y sonriente con una capota amarilla apareció en la ventanilla del carruaje.
De la conversación, que duró varios minutos, solo le oí decir al general riendo, al pasar yo:
«Vous savez que j’ai fait vœu de combattre les infidèles: prenez donc garde de le devenir.»
Una risa respondió desde el interior del carruaje.
« Adieu donc, cher Général! »
« Non, à revoir », dijo el general, subiendo los peldaños del porche. « N’oubliez pas, que je m’invite pour la soirée de demain. »
El carruaje se alejó haciendo repiquetear los ejes.
«He aquí de nuevo», pensé mientras caminaba hacia casa, «a un hombre que posee todo cuanto anhelan los rusos: rango, riquezas, distinción; ¡y este hombre, la víspera de un combate cuyo desenlace solo Dios conoce, bromea con una mujer bonita y promete tomar el té con ella al día siguiente, tal como si se hubieran encontrado en un baile!».
En casa de ese mismo ayudante conocí a un joven que me sorprendió aún más. Era un joven teniente del regimiento de K⸺, conocido por su mansedumbre y timidez casi femeninas, que había acudido al ayudante a desahogar su disgusto y su resentimiento contra aquellos que, según