El capitán vivía con economía, no jugaba, rara vez andaba de parranda y fumaba el tabaco más barato (el cual, por alguna razón, llamaba tabaco de cosecha propia).
El capitán ya me caía bien antes; y después de esta charla sentí hacia él un sincero afecto. Tenía uno de esos rostros rusos, sencillos y tranquilos, a los que es fácil y agradable mirar directamente a los ojos.