No sucedió lo mismo con Velenchuk. Él no olvidó su desgracia. Los soldados dijeron que temían, por entonces, que pudiera suicidarse o huir a las montañas, tan grande fue el efecto que su percance causó en él. No comía ni bebía, y ni siquiera podía trabajar, sino que no hacía más que llorar.
Pasados tres días se presentó, bastante pálido, ante Mijaíl Doroféich, sacó con dedos temblorosos una moneda de oro de debajo del puño y se la entregó: «Dios me es testigo, Mijaíl Doroféich, de que es todo lo que tengo, y hasta esto se lo pedí prestado a Zhdanov», dijo, sollozando de nuevo; «y los otros dos rublos juro que también se los devolveré tan pronto como los haya ganado. Él» (a quién se refería con «él», ni el propio Velenchuk lo sabía) «me ha hecho quedar como un bribón ante usted. Él, con su alma repugnante y de víbora, le quita el último bocado a su hermano soldado, y yo que llevo quince años sirviendo…».
A honra de Mijáil Doroféich sea dicho, no aceptó los dos rublos restantes, aunque Velenchuk se los llevó dos meses después.