Dos años antes de aquellos acontecimientos, una joven fuerte y hermosa de tipo oriental, Katia Turchanínova, había llegado desde los asentamientos militares del Don a San Petersburgo para estudiar en los cursos universitarios superiores femeninos.
En dicha ciudad conoció a un estudiante, Turin, hijo de un jefe de distrito de la provincia de Simbirsk, y se enamoró de él. Pero su amor no era del tipo ordinario, y ella no tenía ningún deseo de convertirse en su esposa ni en la madre de sus hijos.
Él era un querido camarada para ella, y su principal vínculo de unión era un sentimiento de rebeldía que compartían, así como el odio que profesaban, no solo hacia las formas de gobierno existentes, sino hacia todos aquellos que representaban a dicho gobierno. También compartían la convicción de que ambos superaban a sus enemigos en cultura, en inteligencia y en moral.
Katia Turchanínova era una muchacha dotada de talento, poseedora de una buena memoria, gracias a la cual dominaba con facilidad las clases a las que asistía. Tenía éxito en sus exámenes y, aparte de eso, leía todos los libros más recientes.
Estaba convencida de que su vocación no era parir y criar hijos, e incluso miraba semejante tarea con repugnancia y desprecio. Se consideraba elegida por el destino para destruir el actual gobierno, que encadenaba las mejores capacidades de la nación, y para revelar al pueblo un nivel de vida superior, inculcado por los últimos escritores de otros países.
Era hermosa, un poco inclinada a la corpulencia: tenía un buen cutis, ojos negros y brillantes, y un cabello negro y abundante. Inspiraba en los hombres que conocía sentimientos que ella ni deseaba ni tenía tiempo de compartir, ocupada como estaba con su labor de propaganda, que consistía principalmente en meras charlas.
No le desagradaba, sin embargo, inspirar dichos sentimientos; y, sin vestir con demasiada elegancia, no descuidaba su apariencia. Le gustaba ser admirada, ya que eso le brindaba la oportunidad de demostrar lo poco que valoraba aquello a lo que otras mujeres daban tanta importancia.
En sus opiniones acerca del método para combatir al gobierno iba más allá que la mayoría de sus camaradas, y que su amigo Turin; todos los medios, enseñaba ella, estaban justificados en semejante lucha, sin excluir el asesinato.
Y, sin embargo, con todas sus ideas revolucionarias, Katia Turchaninova era en el fondo de su alma una muchacha muy bondadosa, dispuesta a sacrificarse por el bienestar y la felicidad de los demás, y sinceramente feliz cuando podía hacer una buena obra a cualquiera, a un niño, a un anciano o a un animal.
Fui en verano a pasar una temporada con una amiga, una maestra de escuela en una pequeña ciudad a orillas del Volga.
Turin vivía cerca de dicha ciudad, en la finca de su padre.
A menudo iba a ver a las dos muchachas; se intercambiaban libros para leer y mantenían largas conversaciones, en las que expresaban su indignación común ante el estado de cosas en el país.
El médico del distrito, amigo de ellos, también solía unírseles en muchas ocasiones.
La hacienda de los Turin estaba situada en las inmediaciones de la hacienda de los Liventsov, aquella cuya administración se le había encomendado a Piotr Nikoláievich Sventizky.
Poco después de que Piotr Nikoláievich se hubiera instalado allí y comenzado a imponer el orden, el joven Turin, tras haber observado una tendencia independiente en los campesinos de la hacienda de los Liventsov, así como su determinación de defender sus derechos, comenzó a interesarse por ellos.
Venía a menudo al pueblo para hablar con los hombres y exponía sus teorías socialistas, insistiendo en particular sobre la nacionalización de la tierra.
Después de que Piotr Nikoláievich fuera asesinado y los asesinos enviados a juicio, el grupo revolucionario de la pequeña ciudad bullía de indignación y no dudó en expresarla abiertamente.
El hecho de las visitas de Turin a la aldea y su labor de propaganda entre los estudiantes llegó a conocimiento de las autoridades durante el juicio. Se realizó un registro en su casa y, como la policía encontró algunos panfletos revolucionarios entre sus pertenencias, fue arrestado y trasladado a la prisión de San Petersburgo.
Katia Turchaninova le siguió hasta la metrópoli, y fue a visitarle a la prisión. No la admitieron el día que fue, y le dijeron que acudiera el día fijado por las reglas para las visitas a los prisioneros. Cuando ese día llegó, y finalmente le permitieron verle, tuvo que hablar con él a través de dos rejas que separaban al prisionero de su visitante. Esta visita aumentó su indignación contra las autoridades. Y sus sentimientos se volvieron aún más revolucionarios tras una visita que hizo al despacho de un oficial de gendarmería que se ocupaba del caso de Turín. El oficial, un hombre apuesto, parecía claramente dispuesto a concederle favores excepcionales para visitar al preso si ella le permitía hacerle la corte. Asqueada de él, apeló al jefe de policía. Este fingió —al igual que el oficial cuando le hablaba oficialmente— ser incapaz de hacer nada por sí mismo y depender enteramente de las órdenes procedentes del ministro de Estado. Ella envió una petición al ministro pidiendo una entrevista, la cual fue denegada.
Entonces decidió hacer algo desesperado y compró un revólver.