—¡M odera fina! —gritó Velenchuk más fuerte que nadie, desternillándose de risa—: ¡esa sí que es M odera de la buena!
—Bueno, ¿y qué les dijiste de los asiáticos? —siguió preguntando Maksimov, cuando la alegría general hubo amainado un poco.
Chikin se inclinó sobre el fuego, sacó un poco de carbón con un palito, se lo acercó a la pipa y estuvo un buen rato chupando su picadura como si no notara la silenciosa curiosidad que había despertado en sus oyentes. Cuando por fin hubo fumado lo suficiente, arrojó el trozo de carbón, se echó la gorra aún más hacia atrás y, estirándose, continuó con una ligera sonrisa—
—Vaya, pues preguntaron: «¿Qué es ese tal circasiano o turco que tienen por ahí en sus Cáucasos —dicen—, ese que pelea?», y entonces yo les digo: «No son todos de la misma clase; hay circasianos distintos, viejo. Están los vagabundos, esos que viven en las montañas pedregosas y comen piedras en lugar de pan. Son grandes —les digo—, tan grandes como una viga de buen tamaño, tienen un solo ojo en la frente y llevan gorros rojo vivo», justo como el tuyo, viejo —añadió, volviéndose hacia el joven recluta, que en verdad llevaba un gorro absurdo con la parte superior roja.