Yacía boca arriba entre los avantrenes y un cañón. La cartuchera que llevaba había sido lanzada a un lado. Su frente estaba cubierta de sangre, y un espeso arroyo rojo le corría por el ojo derecho y la nariz. Estaba herido en el vientre, pero allí apenas sangraba; la frente se la había golpeado contra un tronco al caer.
Todo esto lo comprendí mucho más tarde; en un primer momento solo pude ver una masa indistinta y, según me pareció, una cantidad tremenda de sangre.
Ni uno solo de los soldados que estaban cargando dijo una palabra, solo el joven reclutas masculló algo que sonaba como «¡Dios mío!, está sangrando», y Antónov, frunciendo el ceño, dio un gruñido enfadado; pero era evidente que el pensamiento de la muerte cruzó por el alma de cada uno.
Todos se pusieron a trabajar con mucha energía y el cañón quedó cargado en un instante, pero el municionero que traía la granada de metralla dio dos o tres pasos rodeando el lugar donde Velenchuk aún yacía gimiendo.