«¿Dónde están aquellos sueños?», se preguntó entonces el joven mientras caminaba a casa tras su ronda de visitas. «¡He aquí que ha pasado más de un año desde que busco la felicidad en este camino, y qué he encontrado? Es verdad, a veces siento que puedo contentarme conmigo mismo; pero este es un contentamiento seco y dudoso. No, aun así; ¡simplemente estoy insatisfecho! Estoy insatisfecho porque no hallo la felicidad aquí; y deseo, ansío apasionadamente, la felicidad. No he experimentado el deleite, me he apartado de todo lo que lo otorga. ¿Por qué? ¿Con qué fin? ¿Le hace eso la vida más fácil a alguien?
“Mi tía tenía razón cuando escribió que es más fácil encontrar la felicidad que dársela a los otros.
¿Se han vuelto más ricos mis campesinos? ¿Han aprendido algo? ¿O han mostrado alguna mejora moral?
En lo más mínimo. No están mejor, pero para mí cada día resulta más y más difícil. Si viera algún éxito en mis empresas, si viera alguna señal de gratitud… ¡pero no! Veo rutina mal dirigida, vicio, falsedad, desamparo. Estoy desperdiciando los mejores años de mi vida”.
Así se dijo a sí mismo, y recordó que sus vecinos, según había oído a su niñera, lo llamaban «un simple muchacho»; que no le quedaba dinero en el despacho; que su nueva trilladora, que él había inventado, para gran diversión de los campesinos, solo hacía ruido y no trillaba nada cuando la pusieron en marcha por primera vez en presencia de numerosos espectadores que se habían congregado en la era; que día a día tenía que esperar la llegada del juez de distrito para el inventario de bienes y enseres, que había omitido redactar por estar enfrascado en diversas empresas nuevas en su finca.
Y de pronto surgió ante él, con la misma viveza con que antes habían surgido aquel paseo por el bosque y su ideal de vida campestre; con la misma viveza apareció su pequeña habitación de estudiante en Moscú, donde solía pasarse media noche ante una vela solitaria, con su camarada y su querido amigo.
Solían leer durante cinco horas seguidas y estudiar lecciones de derecho civil de lo más estúpidas; y cuando terminaban, mandaban a pedir la cena, abrían una botella de champaña y hablaban sobre el futuro que les aguardaba.
¡Qué enteramente diferente había creído el joven estudiante que sería el porvenir! Entonces el porvenir estaba lleno de placeres, de ocupaciones variadas, brillante de éxito y sin duda alguna seguro de llevar a ambos a lo que les parecía la mayor dicha del mundo: la fama.
—Él seguirá adelante, y con rapidez, por ese camino —pensó Nejliúdov de su amigo—; pero yo...
Pero ya por entonces estaba subiendo las escaleras de su casa; y cerca de ella se hallaban unos veinte campesinos y sirvientes domésticos, que aguardaban al príncipe con diversas peticiones. Y esto lo devolvió de los sueños a la realidad.
Entre la muchedumbre había una campesina desharrapada y ensangrentada, que se lamentaba y se quejaba de su suegro, el cual la había estado apaleando.
Había dos hermanos que desde hacía dos años llevaban en común los asuntos domésticos, y ahora se miraban con odio y desesperación.
Había también un siervo doméstico sin afeitar y de cabellos grises, con las manos temblorosas por causa de la embriaguez; y este hombre fue llevado ante el príncipe por su hijo, un jardinero, que se quejaba de su mala conducta.
Había un campesino que había echado a su mujer de casa porque no había trabajado nada en toda la primavera.
Allí estaba también la esposa, una mujer enferma que sollozaba pero no decía nada, sentada sobre la hierba junto a los escalones; solo mostraba su pierna inflamada e hinchada, envuelta descuidadamente en un trapo mugriento.
Nejlúdov escuchó todas las peticiones y quejas; y después de haber dado consejo a unos, culpado a otros y respondido a algunos más, comenzó a sentir una especie de caprichosa sensación de cansancio, vergüenza, debilidad y arrepentimiento. Y se fue a su habitación.