—Algo se traen entre manos, los granujas... —replicó calmoso el Capitán.
Pero en ese momento el joven alférez, con el rostro apuesto encendido y asustado, salió corriendo de repente de detrás de una esquina y se precipitó, agitando los brazos, hacia los cosacos.
—¡No lo toques! ¡No lo mates! —gritó con voz aniñada.
Al ver al oficial, los cosacos se apartaron y soltaron a un cabritillo blanco. El joven alférez se quedó bastante desconcertado, murmuró algo y se detuvo ante nosotros con cara de confusión.
Al vernos al Capitán y a mí en el tejado, se sonrojó todavía más y corrió dando saltos hacia nosotros.
«Pensé que iban a matar a un niño», dijo con una sonrisa tímida.