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nydus/Short FictionPublic
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XVIII

Pasaron diez años. Mitia Smokovnikov había terminado sus estudios en la Escuela Técnica; ahora era ingeniero en las minas de oro de Siberia y le pagaban muy bien.

Un día estaba a punto de hacer una ronda por el distrito. El gobernador le ofreció un convicto, Stepán Pelaguieushkin, para que lo acompañara en su viaje.

“¿Un convicto, dice? ¿Pero no es eso peligroso?”

“No si se trata de este. Es un hombre santo. Puede preguntarle a cualquiera, todos se lo dirán”.

«¿Por qué lo han enviado aquí?»

El gobernador sonrió.

«Él había cometido seis asesinatos, y sin embargo es un hombre santo. Yo salgo fiador por él».

Mitia Smokovnikov se llevó a Stepán, convertido ya en un hombre calvo, enjuto y bronceado, consigo en su viaje. Durante el trayecto, Stepán cuidó de Smokovnikov como a un hijo propio y le contó su historia; le contó por qué lo habían enviado allí y qué llenaba ahora su vida.

Y, por extrañeza que parezca, Mitia Smokóvnikov, que hasta entonces se la pasaba bebiendo, comiendo y jugando, comenzó por primera vez a meditar sobre la vida.

Estos pensamientos ya no lo abandonaban y produjeron un cambio completo en sus hábitos.

Al cabo de un tiempo le ofrecieron un puesto muy ventajoso. Lo rechazó y tomó la decisión de comprar una finca con el dinero que tenía, casarse y dedicarse al campesinado, ayudándoles tanto como pudiera.

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