En medio del patio, bañado por la luz de la luna, se erguía la alta y demacrada figura del caballo bagual, que aún llevaba la alta silla de montar con su pomo prominente. Los caballos, inmóviles y en profundo silencio, lo rodeaban como si estuvieran aprendiendo algo nuevo y extraordinario de él. Y, en verdad, algo nuevo y extraordinario aprendían de él.
Esto es lo que aprendieron de él:—