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nydus/Short FictionPublic
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III

El sol ya se había levantado sobre el bosque, y brillaba con fuerza sobre la hierba y el río serpenteante. El rocío se secaba y caía en gotas.

Como humo, lo último de la neblina matutina se disipó hacia arriba. Aparecieron nubes rizadas, pero aún no soplaba el viento.

Al otro lado del reluciente río se alzaba el centeno, doblándose sobre sus tallos, y el aire era fragante por el verde brillante y las flores. El cuco arrullaba desde el bosque con voz resonante; y Nester, tumbado boca arriba, calculaba cuántos años de vida tenía por delante.

  • Las alondras se levantaron del centeno y del campo.
  • La liebre rezagada se puso de pie entre los caballos y dio un salto sin restricciones, y se sentó junto al bosquecillo y paró las orejas para escuchar.

Vaska se durmió, enterrando la cabeza en la hierba; las yeguas, dando amplios rodeos a su alrededor, se dispersaron por el campo de abajo.

Las mayores, relinchando, trazaron una pista brillante sobre la hierba cubierta de rocío, y trataban constantemente de encontrar algún lugar donde no las molestasen.

Ya no pacían, sino que solo mordisqueaban las dulces briznas de hierba. Toda la manada se desplazaba imperceptiblemente en una sola dirección.

Y de nuevo el viejo Zhuldiba, dando pasos majestuosos ante los demás, mostraba hasta dónde era posible llegar.

La joven Mushka, que había parido su primera cría, relinchando constantemente y levantando la cola, regañaba a su potrillo de color violeta.

La joven Atlásnaya, de piel tersa y brillante, bajando la cabeza de modo que su guedeja negra y sedina le ocultaba la frente y los ojos, retozaba en la hierba, mordisqueando, sacudiéndose y golpeando el suelo con su pata, provista de largos pelos en el nudo.

Uno de los potrillos más crecidos —que debía de estar imaginando algún tipo de juego—, levantando, por vigésima sexta vez, su cola bastante corta y enmarañada como un plumero, retozaba alrededor de su madre, la cual pacía la hierba con calma, habiendo tenido evidentemente tiempo de aquilatar el carácter de su hijo, y deteniéndose solo de vez en cuando para mirarlo de reojo con su gran ojo negro.

Uno de estos mismos potrillos —negro como el carbón, con una cabeza grande y un copete maravilloso que se alzaba sobre sus orejas, y la cola aún inclinada hacia el lado en el que había estado apoyada en el vientre de su madre—, aguzando las orejas y abriendo sus ojos bobos, mientras permanecía inmóvil en su sitio, miraba fijamente al potrillo que saltaba y danzaba, sin comprender en absoluto por qué lo hacía, si por celos o por indignación.

Unos maman, topando con elhocico; otros, por alguna razón desconocida, a pesar de las invitaciones de sus madres, avanzan en un trote corto y torpe, en dirección diametralmente opuesta, como si buscasen algo, y luego, nadie sabe por qué, se detienen en seco y relinchan con voz desesperadamente penetrante.

Unos yacen de costado en fila; otros toman lecciones de pastoreo; otros intentan rascarse con las patas traseras detrás de la oreja.

Dos yeguas, aún preñadas, se apartan del grupo y, moviendo lentamente las patas, continúan pastando.

Evidentemente, su condición es respetada por los demás, y ninguno de los jóvenes potros se atreve a acercarse ni a molestarlas. Si a algún potro insolente se le ocurre acercarse demasiado a ellas, basta con un simple movimiento de oreja o de cola para mostrarle toda la incorrección de su comportamiento.

Los potrillos de un año y las jovencitas simulan ser adultos y dignos, y rara vez se entregan a travesuras ni se unen a sus alegres compañeros.

Mascan ceremoniosamente las briznas de hierba, doblando sus cuellos cortos y de cisne y, como si también tuvieran la gracia de una cola, agitan sus pequeños pinceles.

Al igual que los caballos grandes, algunos de ellos se echan, se revuelcan y se rascan la espalda mutuamente.

Una banda muy alegre está compuesta por las yeguas de dos y tres años que nunca han parido. Casi todas se alejan por su cuenta y forman una multitud virgen especialmente alegre.

Entre ellas se oye un gran trepidar y taconear, relinchos y buquidos. Se reúnen, apoyan la cabeza sobre los hombros de las demás, olfatean el aire, brincan; y a veces, levantando la cola como una oriflama, con orgullo y coquetería, en un trote largo y medio galope, caracolean frente a sus compañeras.

Destacaba por su hermosura y sus alegres modales impetuosos, entre toda aquella joven muchedumbre, la retozona yegua baya.

Todo lo que ella emprendía, los demás también lo hacían; adondequiera que iba, allí, en su rastro, la seguía también toda la muchedumbre de bellezas.

La traviesa yegua estaba hoy de un humor especialmente juguetón. El espíritu de la travesura la poseía, tal como a veces se apodera de los hombres.

Ya junto al río, gastándole bromas al viejo caballo castrado, había galopado por el agua fingiendo que algo la había asustado, bufando, para luego salir disparada a toda velocidad por el campo; de modo que Vaska se vio obligado a galopar tras ella y tras los demás que le pisaban los talones.

Luego, tras pacer un rato, empezó a revolcarse, y a continuación a importunar a las viejas yeguas cruzándose gallarda frente a ellas. Después separó a un potrillo lactante de su madre y se puso a perseguirlo fingiendo que quería morderlo. La madre se asustó y dejó de pacer; el pequeño potro relinchó con tonos conmovedores.

Pero la traviesa y joven yegua no lo tocó, sino que solo lo asustó y ofreció un espectáculo para sus compañeras, que miraban con simpatía sus payasadas.

Luego se dispuso a volver la cabeza del caballo tordillo bayo, al que un mujik, muy lejos, al otro lado del río, arreaba con un arado en el campo de centeno. Se paró con orgullo, un tanto de lado, levantando la alta cabeza, se estremeció y relinchó con voz dulce, significativa y seductora.

Es el tiempo en que el rascón, corriendo de un lado a otro entre las espesas cañas, llama apasionadamente a su compañera; en que también el cuco y la codorniz cantan al amor; y las flores se envían mutuamente, en la brisa, su polvo aromático.

—Y soy joven, amable y fuerte —decia relinchando la alegre desenfrenada—, y hasta ahora no se me ha dado experimentar la dulzura de este sentimiento, no haberlo sentido jamás; y ningún amante, no, ni uno solo, ha venido aún a cortejarme.

Y el significativo relincho resonó con juvenil melancolía sobre la llanura y el campo, y llegó a los oídos del caballo tordillo muy a lo lejos.

Éste aguzó las orejas y se detuvo.

El mujik lo golpeó con su zapato de madera; pero el tordillo estaba hechizado por el sonido argentino del lejano relincho, y relinchó en respuesta.

El mujik se enfadó, le tiró de las riendas y volvió a golpearlo en el vientre con su alpargata de corteza, de modo que no tuvo la oportunidad de terminar todo lo que tenía que decir en su relincho, sino que se vio obligado a continuar su camino.

Y el caballo tordillo sintió una dulce tristeza en el corazón; y los sonidos provenientes del lejano campo de centeno, de aquel inconcluso y apasionado relincho, y la voz enfadada del mujik, resonaron largamente en los oídos de la manada.

Si con solo un sonido de su voz el caballo ruano había podido quedar tan cautivado como para olvidar su deber, ¿qué habría sido de él si hubiera tenido a la vista a la hermosa libertina, mientras ella se quedaba con las orejas en punta, inflando los fosos nasales, respirando el aire y llena de deseo, mientras su joven y hermoso cuerpo temblaba al llamarlo?

Pero la descarada no tardó en meditar sobre sus nuevas sensaciones.

Cuando la voz del ruano calló, relinchó con desdén y, bajando la cabeza, comenzó a rascar el suelo; y luego se trotó para despertar y molestar al caballo pío.

El caballo pío era un sufridor empedernido para la diversión de esta alegre y joven descarada. Ella le hacía sufrir más que los hombres. Pero en ninguno de los dos casos daba rienda suelta a la ira. Era indispensable para los hombres, ¿pero por qué debían estos potrillos atormentarle?

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