poseer en mayor grado que el Vulgar; es decir, que todos los hombres excepto ellos mismos y unos pocos otros, a quienes aprueban por su fama o por coincidir con ellos. Pues tal es la naturaleza de los hombres que, por mucho que reconozcan a muchos otros como más ingeniosos, más elocuentes o más cultos, difícilmente creerán que hay muchos tan sabios como ellos mismos; porque ven su propio ingenio de cerca y el de los demás a la distancia. Mas esto prueba más bien que los hombres son iguales en ese punto, y no desiguales. Pues no hay ordinariamente mayor señal de la distribución equitativa de cosa alguna que el hecho de que cada hombre esté contento con su porción.
De la igualdad procede la desconfianza
De esta igualdad de capacidad surge la igualdad en la esperanza de alcanzar nuestros fines. Y por ello, si dos hombres desean la misma cosa que, sin embargo, ambos no pueden disfrutar, se vuelven enemigos; y en el camino hacia su fin (que es principalmente su propia conservación, y a veces tan solo su deleite), se esfuerzan por destruirse o someterse mutuamente.
Y de aquí pasa que, cuando un invasor no tiene más que temer que el poder individual de otro hombre, si alguien planta, siembra, construye o posee un asiento conveniente, cabe esperar probablemente que otros vengan con fuerzas unidas para desposeerlo y privarlo, no solo del fruto de su trabajo, sino también de su vida o de su libertad. Y a su vez, el invasor se encuentra en el mismo peligro frente a otro.
De la Guerra por la Difidencia
Y a partir de esta desconfianza mutua, no hay para ningún hombre manera tan razonable de asegurarse como la Anticipación; esto es, por la