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CAPÍTULO XXXVI. DE LA PALABRA DE DIOS, Y DE LOS PROFETAS

Y si este examen de Profetas y Espíritus no le estuviera permitido a cada uno del pueblo, de nada habría servido señalar las marcas mediante las cuales cada hombre pudiera ser capaz de distinguir entre aquellos a quienes deben y aquellos a quienes no deben seguir. Viendo pues que tales marcas están señaladas (Deut. 13. 1, etc.) para conocer a un Profeta; y (1 Juan 4. 1, etc.) para conocer a un Espíritu; y viendo que hay tanta profecía en el Antiguo Testamento; y tanta predicación en el Nuevo Testamento contra los Profetas; y un número ordinariamente mucho mayor de falsos profetas que de verdaderos; cada cual ha de precaverse de obedecer sus orientaciones, bajo su propio riesgo. Y primero, que había muchos más profetas falsos que verdaderos, se colige de esto: que cuando Acab (1 Reyes 22) consultó a cuatro cuatrocientos profetas, todos eran falsos impostores, excepto uno solo, Micaías. Y poco antes del tiempo del Cautiverio, los profetas eran por lo general mentirosos. > “Los Profetas” (dice el Señor por medio de Jeremías, cap. 14, versículo 14) “profetizan Mentiras en mi nombre. No los envié, ni les mandé, ni les hablé; profecía falsa, vanidad y engaño de su corazón os profetizan.” Al punto que Dios mandó al Pueblo por boca del profeta Jeremías (cap. 23. 16) que no los obedeciera. > “Así dice el Señor de los Ejércitos: No escuchéis las palabras de los Profetas que os profetizan. Os hacen vanos; hablan visión de su propio corazón, y no de la boca

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