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UNA RESEÑA Y CONCLUSIÓN

He conocido la claridad de juicio y la amplitud de fantasía; la fuerza de la razón y la elegante elocución; el valor para la guerra y el temor a las leyes, y todo ello de modo eminente en un solo hombre; y ese fue mi nobilísimo y honrado amigo el Sr. Sidney Godolphin, quien, sin odiar a nadie ni ser odiado de nadie, fue desgraciadamente muerto al comienzo de la reciente guerra civil, en la contienda pública, por una mano inadvertida e imperceptiva.

A las Leyes de Naturaleza, declaradas en el capítulo 15, quisiera añadir esto: «Que todo hombre está obligado por la Naturaleza, tanto como de él dependa, a proteger en la Guerra la Autoridad por la cual él mismo está protegido en tiempo de Paz».

Pues quien pretende un Derecho de Naturaleza para preservar su propio cuerpo, no puede pretender un Derecho de Naturaleza para destruir a aquel por cuya fuerza es preservado: es una contradicción manifiesta consigo mismo.

Y aunque esta Ley pueda deducirse por consecuencia de algunas de las ya mencionadas, los Tiempos exigen que sea inculcada y recordada.

Y porque hallo por varios libros ingleses impresos últimamente, que las guerras civiles no han enseñado aún suficientemente a los hombres en qué momento exacto un súbdito queda obligado hacia el Conquistador; ni qué es la Conquista; ni cómo se llega a obligar a los hombres a obedecer sus Leyes: Por tanto, para mayor satisfacción de los hombres al respecto, digo que el momento en que un hombre se convierte en súbdito de un Conquistador es aquel en que, teniendo la libertad de someterse a él, consiente, ya sea mediante palabras expresas o por otra señal suficiente, en ser su Súbdito. Cuándo es que un hombre tiene la libertad de someterse, lo he mostrado antes al final del capítulo 21; a saber, que para aquel que no tiene otra obligación con su anterior Soberano que la de un Súbdito ordinario, es

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