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CAPÍTULO XLII. DEL PODER ECLESIÁSTICO

pastoral en cualquier ciudad, en el momento en que se marchaba de allí para plantar el mismo [oficio] en otro lugar, con mucha más razón habría tenido el derecho de nombrar a su sucesor en aquel lugar en el que residió por última vez y en el que murió; y no hallamos que ningún obispo de Roma haya nombrado jamás a su sucesor. Pues durante mucho tiempo fueron elegidos por el pueblo, como podemos ver por la sedición suscitada a causa de la elección entre Dámaso y Ursicino, de la que Amiano Marcelino dice que fue tan grande que Juventio el prefecto, incapaz de mantener la paz entre ellos, se vio obligado a salir de la ciudad, y que se hallaron más de cien hombres muertos con ocasión de aquello en la iglesia misma. Y aunque más tarde fueron elegidos, primero, por todo el clero de Roma, y después por los cardenales, nunca nadie fue nombrado para la sucesión por su predecesor. Si, por tanto, no pretendían ningún derecho para nombrar a sus sucesores, creo que puedo concluir razonablemente que no tenían ningún derecho para nombrar el nuevo poder, el cual nadie pudo quitarle a la Iglesia para otorgárselo a ellos, sino quien tuviera una autoridad legítima no sólo para enseñar, sino para mandar a la Iglesia; lo cual nadie pudo hacer, sino el soberano civil.

Ministros De La Iglesia Qué

El vocablo Ministro, en el Original Diakonos, significa aquel que voluntariamente hace los asuntos de otro hombre; y difiere de un Sirviente únicamente en esto: que los sirvientes están obligados por su condición a lo que se les manda, mientras que los ministros están obligados únicamente por su compromiso, y por tanto no están atados a más de aquello que han asumido; de modo que tanto los que enseñan la Palabra de Dios como los que administran los asuntos seculares de la Iglesia son ministros, pero son ministros de distintas Personas. Pues los Pastores de la Iglesia, llamados (Hechos 6.4) “los Ministros de la Palabra”, son Ministros de Cristo, cuya es la Palabra: Mas el Ministerio de un

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