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CAPÍTULO XLI. DEL OFICIO DE NUESTRO BENDITO SALVADOR

Moisés se sientan los escribas y los fariseos; así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo”; declara claramente que atribuye el poder real, por entonces, no a sí mismo, sino a ellos. Y lo mismo hace también donde dice (Luc. 12.14): “¿Quién me ha puesto por juez o partidor sobre vosotros?”. Y (Juan 12.47): “No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo”. Y, sin embargo, nuestro Salvador vino a este mundo para ser Rey y Juez en el mundo venidero: porque él era el Mesías, es decir, el Cristo, esto es, el Sacerdote ungido y el Profeta soberano de Dios; es decir, había de tener todo el poder que estuvo en Moisés el Profeta, en los sumos sacerdotes que sucedieron a Moisés, y en los reyes que sucedieron a los sacerdotes. Y san Juan dice expresamente (cap. 5, ver. 22): “El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo”. Y esto no es repugnante al otro pasaje: “Yo no he venido a juzgar al mundo”; porque este se refiere al mundo presente, y el otro al mundo venidero; así como también donde se dice que en la segunda venida de Cristo (Mat. 19.28): “Vosotros que me habéis seguido en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”.

El fin de la venida de Cristo fue renovar el pacto del Reino de Dios, y persuadir a los elegidos de que lo abrazaran, lo cual era la segunda parte de su ministerio

Si entonces Cristo, mientras estuvo en la Tierra, no tuvo un Reino en este mundo, ¿con qué fin fue su primera venida? Fue para restaurar para Dios, mediante un Nuevo Pacto, el Reino que, siendo suyo por el Antiguo Pacto, había sido cortado por la rebelión de los israelitas en la elección de Saúl. Para lo cual debía predicarles que él era el Mesías, es decir, el Rey prometido a ellos por los Profetas; y ofrecerse en sacrificio por los pecados de aquellos que por la fe se sometieran a ello; y en caso de que la nación en general lo rechazara, llamar a su obediencia a cuantos creyeran en él entre los gentiles.

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