límites” (dice el Señor, Éxod. 19. 12) “al pueblo en rededor, y dirás: Guardaos, no subáis al monte, ni toquéis sus límites; cualquiera que tocare el monte, morirá irremisiblemente”; y de nuevo (versículo 21): “Desciende, ordena al pueblo, no sea que traspasen los límites para mirar al Señor”. De lo cual podemos concluir que cualquiera que en un Estado cristiano ocupa el lugar de Moisés, es el único mensajero de Dios e intérprete de sus mandamientos. Y de acuerdo con esto, ningún hombre debe, en la interpretación de la Escritura, ir más allá de los límites que son fijados por sus respectivos soberanos. Pues las Escrituras, puesto que Dios habla ahora en ellas, son el monte Sinaí; cuyos límites son las leyes de aquellos que representan la Persona de Dios en la Tierra. Mirarlas, y contemplar en ellas las maravillosas obras de Dios, y aprender a temerle, está permitido; mas interpretarlas, es decir, indagar en lo que Dios dice a aquel a quien designa para gobernar bajo él, y hacerse a sí mismos jueces de si gobierna como Dios se lo manda o no, es transgredir los límites que Dios nos ha puesto, y mirar a Dios irreverentemente.
# Todos los espíritus estaban subordinados al espíritu de Moisés
No hubo ningún Profeta en el tiempo de Moisés, ni pretendiente al Espíritu de Dios, que no hubiese sido aprobado y autorizado por Moisés. Pues no había en su tiempo más que setenta hombres de los que se dice que profetizaban por el Espíritu de Dios, y todos ellos eran de la elección de Moisés; respecto de los cuales Dios le dice a Moisés (Núm. 11.16): > “Reúneme a setenta ancianos de Israel, que tú sepas que son ancianos del pueblo”. A estos Dios les impartió su Espíritu; pero no era un Espíritu diferente del de Moisés; pues se dice (versículo