Era, por tanto, la Asamblea la que elegía a sus propios ancianos; los apóstoles eran únicamente presidentes de la Asamblea para convocarla con el fin de realizar dicha elección, para proclamarlos elegidos y para darles la bendición, que ahora se llama consagración. Y por esta causa, aquellos que presidían las asambleas —como lo hacían los ancianos en ausencia de los apóstoles— eran llamados proestotes y en latín antistities; palabras que significan la persona principal de la Asamblea, cuyo oficio era contar los votos y declarar por medio de ellos quién había sido elegido; y cuando los votos estaban empatados, decidir la cuestión añadiendo el suyo propio, que es el oficio de un presidente en un concilio. Y (puesto que todas las Iglesias tenían a sus presbíteros ordenados de la misma manera), donde aparece la palabra constituir (como en Tito 1:5), «ina katasteses kata polin presbuterous», «por esta causa te dejé en Creta, para que creases [constituyeses] ancianos en cada ciudad», hemos de entender la misma cosa; a saber, que debía convocar a los fieles y ordenarles presbíteros por pluralidad de sufragios. Habría sido una cosa extraña si en una localidad donde los hombres tal vez nunca habían visto a ningún magistrado elegido de otro modo que no fuera por una asamblea, los habitantes de esa localidad, al hacerse cristianos, hubieran llegado siquiera a pensar en algún otro modo de elección de sus maestros y guías, es decir, de sus presbíteros (llamados también obispos), que este de la pluralidad de sufragios, insinuado por san Pablo (Hechos 14:23) en la palabra Cheirotonesantes. Ni hubo jamás elección alguna de obispos (antes de que los emperadores hallaran necesario regularlas con el fin de mantener la paz entre ellos) que no fuera hecha por las asambleas de los cristianos en cada localidad.
Lo mismo se confirma también por la práctica continua hasta el día de hoy en la elección de los obispos de Roma. Pues si el obispo de cualquier lugar hubiera tenido el derecho de elegir a otro para la sucesión del oficio