# Ascensión a los Cielos
Que el lugar en el que los hombres han de vivir eternamente, después de la Resurrección, sean los Cielos —entendiendo por Cielo aquellas partes del mundo que están más alejadas de la Tierra, como donde están las estrellas, o por encima de las estrellas, en otro Cielo superior llamado Caelum Empyreum (del cual no hay mención en la Escritura, ni fundamento en la Razón)— no se puede deducir fácilmente de ningún texto que yo pueda encontrar. Por el Reino de los Cielos se entiende el Reino del Rey que habita en el Cielo; y su Reino fue el pueblo de Israel, al que gobernó mediante los Profetas, sus lugartenientes, primero Moisés, y después de él Eleazar, y los Sacerdotes soberanos, hasta que en los días de Samuel se rebelaron y quisieron tener un hombre mortal por rey, a la manera de otras naciones. Y cuando nuestro Salvador Cristo, mediante la predicación de sus ministros, haya persuadido a los judíos para que regresen, y haya llamado a los gentiles a su obediencia, entonces habrá un nuevo Reino de los Cielos, porque nuestro Rey será entonces Dios, cuyo trono es el Cielo; sin que exista ninguna necesidad evidente en la Escritura de que el hombre ascienda a su felicidad más alto que el estrado de los pies de Dios, que es la Tierra. Por el contrario, encontramos escrito (Jn. 3,13) que “nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo”. Donde observo de paso que estas palabras no son, como las que van inmediatamente antes, palabras de nuestro Salvador, sino del propio San Juan; pues Cristo entonces no estaba en el cielo, sino sobre la tierra. Otro tanto se dice de David (Hch. 2,34), donde San Pedro, para probar la Ascensión de Cristo, empleando las palabras del Salmista (Sal. 16,10): “No dejarás mi alma en el infierno, ni permitirás que tu Santo vea la corrupción”, dice que fueron dichas (no de David, sino) de Cristo; y para probarlo, añade esta razón: “Porque David no ha subido al cielo”.