edificación del pueblo de Dios, ni la vara, ni el agua, ni ninguna otra cosa está encantada; es decir, afectada por las palabras, sino el espectador. De modo que todo el milagro consiste en esto: en que el encantador ha engañado a un hombre; lo cual no es ningún milagro, sino cosa muy fácil de hacer.
Porque tal es la ignorancia y la aptitud para el error en general de todos los hombres, pero especialmente de aquellos que no tienen mucha ciencia de las causas naturales y de la naturaleza e intereses de los hombres, que pueden ser engañados mediante innumerables y sencillos trucos. ¿Qué opinión sobre un poder milagroso, antes de que se supiera que existe una ciencia del curso de las estrellas, podría haberse ganado un hombre que hubiera dicho al pueblo: A esta hora o en este día el Sol se oscurecerá? A un prestidigitador, mediante el manejo de sus cubiletes y otros trebejos, si no fuera algo que hoy se practica habitualmente, se le creería capaz de obrar sus maravillas al menos por el poder del Diablo. Un hombre que haya practicado hablar aspirando el aliento (clase de hombres a los que en la antigüedad se llamaba Ventriloqui), haciendo así que la debilidad de su voz parezca provenir, no del débil impulso de los órganos del habla, sino de la distancia del lugar, es capaz de hacer creer a muchísimos hombres que es una voz venida del Cielo, cualquiera que sea la cosa que les plazca decirles. Y para un hombre taimado que haya investigado los secretos y las confidencias familiares que un hombre suele hacer a otro acerca de sus acciones y aventuras pasadas, volvérselas a contar no es tarea difícil; y, sin embargo, hay muchos que, por medios como ese, obtienen la reputación de ser conjuradores. Pero es