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CAPÍTULO XL. DE LOS DERECHOS DEL REINO DE DIOS EN ABRAHAM, MOISÉS, LOS SUMOS SACERDOTES Y LOS REYES DE JUDÁ

25): > “Dios descendió en la nube, y tomó del Espíritu que estaba sobre Moisés, y lo dio a los setenta ancianos”. Pero, como he mostrado antes (cap. 36), por Espíritu se entiende la Mente; de modo que el sentido del pasaje no es otro sino este: que Dios los dotó de una mente conforme y subordinada a la de Moisés, para que pudiesen profetizar, es decir, hablar al pueblo en el nombre de Dios, de tal manera que promovieran (como ministros de Moisés y por su autoridad) una doctrina que fuera acorde con la doctrina de Moisés. Pues no eran sino ministros; y cuando dos de ellos profetizaron en el campamento, se consideró algo nuevo e ilícito; y tal como consta en los versículos 27 y 28 del mismo capítulo, fueron acusados por ello, y Josué aconsejó a Moisés que se lo prohibiera, por no saber que profetizaban mediante el Espíritu de Moisés. Por lo cual es manifiesto que ningún súbdito debe pretender profetizar, ni invocar el Espíritu, en oposición a la doctrina establecida por aquel a quien Dios ha puesto en el lugar

Tras Moisés la soberanía estuvo en el Sumo Sacerdote

Muerto Aarón, y después de él también Moisés, el Reino, por ser un Reino Sacerdotal, descendió en virtud del Pacto al hijo de Aarón, Eleazar, el Sumo Sacerdote; y Dios lo declaró (inmediatamente debajo de sí mismo) soberano, al mismo tiempo que nombró a Josué general de su ejército. Pues así lo dice Dios expresamente (Núm. 27.21) acerca de Josué: “Él se pondrá delante del sacerdote Eleazar, y consultará por él el juicio de Urim delante de Jehová; por el dicho de él saldrán, y por el dicho de él entrarán, él y todos los hijos de Israel con él”. Por tanto, el poder supremo de hacer la guerra y la paz residía en el sacerdote. El poder supremo de la judicatura pertenecía también al Sumo Sacerdote, pues el libro de la Ley estaba bajo su custodia; y únicamente los sacerdotes y los levitas eran los jueces subordinados en causas civiles, como aparece en Deut. 17.8, 9, 10. Y en cuanto a la manera de rendir culto a Dios, nunca

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