hallan, suelen rociar con ella (tanto desde el púlpito como en su trato social) al pueblo, ciertamente debe ponerse gran cuidado en que esta se mantenga pura, tanto del veneno de los políticos paganos como del ensalmo de los espíritus engañosos. Y por ese medio la mayoría de los hombres, conociendo sus deberes, estarán menos sujetos a servir a la ambición de unas pocas personas descontentas en sus propósitos contra el Estado; y se afligirán menos con las contribuciones necesarias para su paz y defensa; y los gobernantes mismos tendrán menor motivo para mantener a costa del erario público un ejército mayor que el necesario para garantizar la libertad pública frente a las invasiones y usurpaciones de los enemigos extranjeros.
Y así he puesto fin a mi Discurso sobre el Gobierno Civil y Eclesiástico, motivado por los desórdenes del tiempo presente, sin parcialidad, sin aplicación y sin otro designio que poner ante los ojos de los hombres la mutua relación entre Protección y Obediencia; cuya observación inviolable exigen la condición de la Naturaleza Humana y las Leyes Divinas (tanto Naturales como Positivas).
Y aunque en la revolución de los Estados no pueda haber una constelación muy propicia para que nazcan Verdades de esta índole (pues reciben un aspecto airado de los disolventes de un viejo Gobierno, y apenas ven las espaldas de quienes erigen uno nuevo); sin embargo, no creo que sea condenado en este tiempo, ni por el Juez Público de la Doctrina, ni por nadie que desee la continuidad de la Paz Pública.
Y en esta esperanza regreso a mi interrumpida Especulación sobre los Cuerpos Naturales; en la cual (si Dios me da salud para terminarla), confío en que la Novedad agradará tanto como suele ofender en la Doctrina de este Cuerpo Artificial. Pues toda verdad que no se opone al provecho ni al placer de ningún hombre, es bienvenida para todos.
FINIS