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CAPÍTULO XXXVI. DE LA PALABRA DE DIOS, Y DE LOS PROFETAS

hombres no entienden sino una parte de la oración, una voz, un sonido que ni afirma, ni niega, ni manda, ni promete, ni es sustancia alguna corpórea o espiritual; y por tanto no puede decirse que sea ni Dios ni Hombre; mientras que nuestro Salvador es ambas cosas. Y este Verbo que San Juan en su Evangelio dice que era con Dios, es (en su 1ª Epístola, versículo 1.) llamado “el Verbo de vida;” y (versículo 2.) “La vida eterna, la cual estaba con el Padre:” de modo que no puede ser llamado el Verbo en otro sentido que aquel en el que es llamado Vida eterna; esto es, “aquel que nos ha procurado la Vida eterna,” mediante su venida en la carne. Así también (Apocalipsis 19.13.) el Apóstol, hablando de Cristo vestido de una ropa teñida en sangre, dice: su nombre es “el Verbo de Dios;” lo cual ha de entenderse como si hubiese dicho que su nombre había sido: “Aquel que había venido conforme al propósito de Dios desde el principio, y conforme a su palabra y a las promesas transmitidas por los Profetas.” De modo que no hay aquí nada acerca de la Encarnación de un Verbo, sino de la Encarnación de Dios Hijo, llamado por eso el Verbo, porque su Encarnación fue el Cumplimiento de la Promesa; del mismo modo que el Espíritu Santo es llamado La Promesa. (Hech. 1.4. Luc. 24.49.)

### En tercer lugar, por las palabras de la razón y de la equidad

Hay también lugares de la Escritura en los cuales, por la Palabra de Dios, se significan aquellas palabras que son consonantes con la razón y la equidad, aunque a veces no hayan sido dichas ni por un profeta ni por un hombre santo. Pues el Faraón Necao era un idólatra; sin embargo, se dice que sus palabras al buen rey Josías, en las cuales le aconsejaba mediante

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