y sus ministros); pero entonces resulta repugnante a su inmaterialidad, porque el fuego eterno no es castigo para sustancias impasibles, como lo son todas las cosas incorpóreas. Por tanto, de ahí no se prueba que los Ángeles sean incorpóreos. De igual manera, cuando san Pablo dice (1 Cor. 6.3): “¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?”; y (2 Ped. 2.4): “Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecado, sino que los arrojó al infierno”; y (Judas 1,6): “Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha reservado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día”; aunque esto prueba la permanencia de la naturaleza angélica, confirma también su materialidad. Y (Mat. 22.30): “En la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo”; mas en la resurrección los hombres serán permanentes y no incorpóreos; por lo tanto, también lo son los ángeles.
Hay otros diversos lugares de los cuales se puede sacar una conclusión semejante. Para los hombres que entienden la significación de estas palabras, Sustancia e Incorpóreo —en tanto que Incorpóreo no se toma por cuerpo sutil, sino por No Cuerpo—, implican una contradicción: de modo que decir que un Ángel o Espíritu es (en ese sentido) una Sustancia Incorpórea, equivale a decir en efecto que no hay Ángel ni Espíritu en absoluto. Considerando, por tanto, la significación de la palabra Ángel en el Antiguo Testamento, y la naturaleza de los Sueños y Visiones que les ocurren a los hombres por el camino ordinario de la Naturaleza, me incliné a esta opinión: que los Ángeles no eran sino apariciones sobrenaturales de la Fantasía, suscitadas por la especial y extraordinaria operación de Dios, para dar a conocer así su presencia y sus mandamientos a la humanidad, y principalmente a su propio pueblo. Pero los muchos pasajes del Nuevo Testamento, y las propias palabras de nuestro Salvador, y en tales textos donde no hay sospecha de corrupción de