cosa agudamente religiosa, todos tenemos momentos en que la vida universal parece rodearnos de amabilidad. En la juventud y la salud, en verano, en los bosques o en las montañas, llegan días en que el clima parece susurrar paz por completo, horas en que la bondad y la belleza de la existencia nos envuelven como un clima cálido y seco, o resuenan en nuestro interior como si nuestros oídos internos zumbaran sutilmente con la seguridad del mundo. Thoreau escribe:—
“Una vez, pocas semanas después de llegar a los bosques, dudé durante una hora sobre si la cercanía de los hombres no sería esencial para una vida serena y saludable. Estar solo resultaba algo desagradable. Pero, en medio de una suave lluvia, mientras estos pensamientos prevalecían, de repente percibí una compañía tan dulce y benéfica en la Naturaleza, en el golpeteo mismo de las gotas y en cada vista y sonido alrededor de mi casa —una amistad infinita e inexplicable de golpe, como una atmósfera, sosteniéndome—, que hizo que las ventajas imaginarias de la vecindad humana parecieran insignificantes, y nunca más he vuelto a pensar en ellas. Cada pequeña pinocha se dilataba y henchía de simpatía y me brindaba su amistad. Cobré conciencia tan clara de la presencia de algo afín a mí, que pensé que ningún lugar volvería serme extraño jamás.”
En la conciencia cristiana, este sentimiento de amistad envolvente se vuelve de lo más personal y definido.
“La compensación”, escribe un autor alemán, “por la pérdida de ese sentido de independencia personal que el hombre cede tan de mala gana, es la desaparición de