¿No corre el peligro el modo exclusivamente comprensivo y jocoso en que se cría hoy a la mayoría de los niños —tan diferente de la educación de hace cien años, especialmente en los círculos evangélicos—, a pesar de sus muchas ventajas, de desarrollar cierta mediocridad de carácter? ¿No hay por estos lares algunos puntos de aplicación para una disciplina ascética renovada y revisada?
Muchos de vosotros reconoceríais tales peligros, pero señalaríais como remedios el atletismo, el militarismo, y la empresa y la aventura tanto individuales como nacionales.
Estos ideales contemporáneos son tan notables por la energía con la que propugnan normas heroicas de vida, como la religión contemporánea lo es por la forma en que las descuidas.
La guerra y la aventura ciertamente evitan que todos los que en ellas participan se traten con demasiada molicie. Exigen esfuerzos tan increíbles, una profundidad tras otra de esfuerzo, tanto en grado como en duración, que toda la escala de la motivación se altera.
La incomodidad y la molestia, el hambre y la humedad, el dolor y el frío, la sordidez y la inmundicia, dejan de tener cualquier función disuasoria en absoluto. La muerte se convierte en algo cotidiano, y su poder habitual para frenar nuestra acción se desvanece. Con la anulación de estas inhibiciones habituales, se liberan rangos de nueva energía, y la vida parece proyectarse en un plano superior de poder.
La belleza de la guerra en este sentido reside en que es tan congruente con la naturaleza humana ordinaria. La evolución ancestral nos ha hecho a todos guerreros potenciales; de modo que el individuo más insignificante, al verse arrojado a un ejército en campaña, se desliga de cualquier exceso de ternura hacia su preciosa persona que pueda traer consigo, y puede fácilmente convertirse en un monstruo de insensibilidad.