privadamente mientras se desarrolla en la rueda de la fortuna podrá ser menospreciado por su egoísmo, podrá ser denigrado por carecer de rigor científico, pero es la única cosa que colma la medida de nuestra actualidad concreta, y cualquier pretendido ente que careciera de tal sentimiento, o de su análogo, sería un fragmento de realidad a medio hacer.
Si esto es verdad, resulta absurdo que la ciencia afirme que los elementos egoístas de la experiencia deben ser suprimidos. El eje de la realidad pasa únicamente por los lugares egoístas; están ensartados en él como si fueran cuentas de un collar. Describir el mundo dejando fuera de la descripción todos los diversos sentimientos de cada pizca individual de destino, todas las diversas actitudes espirituales —pudiendo ser descritas tanto como cualquier otra cosa— equivaldría más o menos a ofrecer un menú impreso como equivalente a una comida sólida. La religión no comete semejante error. La religión del individuo puede ser egoísta, y aquellas realidades privadas con las que se mantiene en contacto tal vez sean bastante estrechas; pero, en cualquier caso, siempre resulta infinitamente menos hueca y abstracta, hasta donde alcanza, que una ciencia que se jacta de no tener en cuenta nada que sea privado en absoluto.
Un menú con una pasa real en lugar de la palabra «pasa», con un huevo real en lugar de la palabra «huevo», podría ser una comida inadecuada, pero al menos sería el comienzo de la realidad. La tesis de la teoría de la supervivencia de que debemos atenernos exclusivamente a los elementos impersonales parece equivalente a decir que deberíamos conformarnos para siempre con leer el menú desnudo. Pienso, por tanto, que por mucho que se respondan las cuestiones particulares relacionadas con nuestros destinos individuales, solo reconociéndolas como cuestiones genuinas, y viviendo en la esfera de pensamiento que abren, nos volvemos profundos.