… haciendo que uno se mude de su habitación cuando la encuentra cómoda y está apegado a ella; quitándole a otro un libro que le gusta; u obligando a un tercero a cambiar su prenda por una peor. De otro modo acabaríamos adquiriendo una especie de propiedad en todos estos diversos objetos, y poco a poco el muro de pobreza que nos rodea y constituye nuestra principal defensa sería derribado. Los antiguos padres del desierto solían tratar así a menudo a sus compañeros. … San Dositeo, siendo enfermero, deseó cierto cuchillo y se lo pidió a san Doroteo, no para su uso privado, sino para su empleo en la enfermería de la que estaba a cargo. Por lo cual san Doroteo le respondió: ‘¡Ja! Dositeo, ¡así que ese cuchillo te gusta tanto! ¿Quieres ser esclavo de un cuchillo o esclavo de Jesucristo? ¿No te ruborizas de vergüenza al desear que un cuchillo sea tu amo? No dejaré que lo toques’. El cual reproche y negativa tuvieron tal efecto sobre el santo discípulo que desde entonces nunca volvió a tocar el cuchillo”. … > > “Por tanto, en nuestras habitaciones —continúa el padre Rodríguez—, no debe haber más mobiliario que una cama, una mesa, un banco y un candelabro, cosas puramente necesarias, y nada más. No se nos permite entre nosotros que nuestras celdas sean adornadas con cuadros ni con ninguna otra cosa, ni sillones, alfombras, cortinas, ni ningún tipo de armario o escritorio de alguna elegancia. Tampoco se nos permite guardar nada de comer, ni para nosotros ni para quienes vengan a visitarnos. Debemos pedir permiso para ir al refectorio incluso para un vaso de agua; y finalmente no podemos conservar un libro en el que podamos escribir una línea, o que podamos llevarnos con nosotros. No se puede negar que así nos encontramos en una gran pobreza. Pero esta
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Conferencias XI, XII y XIII
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