Por consiguiente, en la disciplina católica, obedecemos a nuestro superior no como a un mero hombre, sino como al representante de Cristo. Al obedecer a Dios en él mediante nuestra intención, la obediencia resulta fácil. Pero cuando los teólogos escolásticos despliegan conjuntamente todas sus razones para recomendarla, la mezcla nos suena a los oídos bastante extraña.
“Una de las grandes consolaciones de la vida monástica —dice una autoridad jesuita— es la seguridad que tenemos de que al obedecer no podemos cometer falta alguna. El Superior podrá cometer una falta al ordenarte esto o aquello, mas tú tienes la certeza de que no cometes ninguna falta siempre y cuando obedezcas, porque Dios solo te pedirá cuentas de si cumpliste debidamente las órdenes que recibiste, y si puedes rendir un informe claro al respecto, quedas enteramente absuelto. Si las cosas que hiciste fueron oportunas, o si no había algo mejor que pudiera haberse hecho, esas no son preguntas que se te hagan a ti, sino más bien a tu Superior. En el momento en que lo que hiciste fue hecho obedientemente, Dios lo borra de tu cuenta y se lo carga al Superior. De modo que san Jerónimo exclamó con razón, al celebrar las ventajas de la obediencia: ‘¡Oh, soberana libertad! ¡Oh, santa y bendita seguridad por la cual uno se vuelve casi impecable!’. > > San Juan Clímaco comparte el mismo sentir cuando llama a la obediencia una excusa ante Dios. De hecho, cuando Dios pregunte por qué has hecho esto o aquello, y tú respondas que es porque así me