Escrituras en diferentes idiomas; la dotación de varios cientos de misioneros; la circulación de más de ciento once millones de libros, panfletos y tratados bíblicos; la construcción de cinco grandes orfanatos, y la manutención y educación de miles de huérfanos; finalmente, el establecimiento de escuelas en las que fueron enseñados más de ciento veintiún mil alumnos jóvenes y adultos. En el transcurso de esta obra, el Sr. Müller recibió y administró cerca de millón y medio de libras esterlinas, y viajó más de doscientas mil millas por mar y tierra. Durante los sesenta y ocho años de su ministerio, nunca poseyó ninguna propiedad excepto su ropa y muebles, y dinero en efectivo; y dejó, a la edad de ochenta y seis años, un patrimonio valorado en solo ciento sesenta libras.
Su método consistía en dar a conocer públicamente sus necesidades generales, pero sin comunicar a los demás los detalles de sus apuros transitorios. Para remediar estos últimos, oraba directamente al Señor, convencido de que tarde o temprano las oraciones siempre son escuchadas si uno tiene la fe suficiente.
«Cuando pierdo algo como una llave —escribe—, le pido al Señor que me guíe hacia ella, y espero una respuesta a mi oración; cuando una persona con la que he quedado no viene a la hora fijada y esto empieza a incomodarme, le pido al Señor que tenga a bien apresurarla hacia mí, y espero una respuesta; cuando no entiendo un pasaje de la palabra de Dios, elevo mi corazón al Señor para que se digne instruirme mediante su Espíritu Santo, y espero ser enseñado, aunque no fijo el momento ni la manera en que esto deba suceder; cuando voy a ministrar en la Palabra, busco la ayuda del Señor, y… no me desanimo, sino que me alegro porque espero su asistencia».
La costumbre de Müller era no acumular deudas nunca, ni siquiera por una semana.