encenderla en el fuego, y Mary Hawke —pues ese era el nombre de la mujer— dijo: “¿No sientes que está mal fumar?”. Le contesté que sentía algo dentro que me decía que era un ídolo, una concupiscencia, y ella dijo que eso era el Señor. Entonces dije: “Ahora debo dejarlo, porque el Señor me lo dice por dentro y la mujer por fuera, así que el tabaco se tiene que ir, por mucho que lo ame”. Allí mismo saqué el tabaco del bolsillo, lo arrojé al fuego y puse la pipa bajo mi pie, “ceniza a la ceniza, polvo al polvo”. Y no he vuelto a fumar desde entonces. Me resultó difícil romper con los viejos hábitos, pero clamé al Señor en busca de ayuda y él me dio fuerzas, pues ha dicho: “Invócame en el día de la angustia; te libraré”. El día después de dejar de fumar me dolía tanto una muela que no sabía qué hacer. Pensé que esto se debía a haber dejado la pipa, pero dije que nunca volvería a fumar, aunque perdiera hasta el último diente de mi cabeza. Dije: “Señor, tú nos has dicho: Mi yugo es fácil y mi carga es ligera”, y cuando dije eso, todo el dolor se me fue. A veces el pensamiento de la pipa volvía a mí con mucha fuerza; pero el Señor me dio fuerzas contra el hábito y, bendito sea su nombre, no he vuelto a fumar desde entonces».
El biógrafo de Bray escribe que, después de haber dejado de fumar, pensó en masticar un poco, pero también conquistó este mal hábito.
—En cierta ocasión —dijo Bray—, durante una reunión de oración en Hicks Mill, le oí decir al Señor: «Adórame con labios limpios». Así que, cuando nos levantamos de nuestras rodillas, me saqué el tabaco de mascar de la boca y lo «arrojé» [lo tiré] debajo del banco. Pero, cuando volvimos a ponernos de rodillas, me metí otro trozo de tabaco en la boca. Entonces el Señor me volvió a decir: «Adórame con labios limpios». Así que me saqué el tabaco de la boca, lo volví a arrojar debajo del banco y dije: «Sí, Señor, lo haré». Desde ese momento dejé tanto de mascar como de fumar, y he sido un hombre libre.