A pesar del atractivo que esta impersonalidad de la actitud científica ejerce sobre cierta magnanimidad de carácter, creo que es superficial, y ahora puedo exponer mi razón en relativamente pocas palabras. Esa razón es que, mientras tratamos con lo cósmico y lo general, solo tratamos con los símbolos de la realidad, pero tan pronto como tratamos con fenómenos privados y personales en cuanto tales, tratamos con realidades en el sentido más completo del término. Creo que puedo aclarar fácilmente lo que quiero decir con estas palabras.
El mundo de nuestra experiencia consta en todo momento de dos partes, una objetiva y otra subjetiva, de las cuales la primera puede ser inconmensurablemente más extensa que la segunda, y sin embargo esta última jamás puede ser omitida o suprimida. La parte objetiva es la suma total de cualquier cosa en la que en un momento dado podamos estar pensando, la parte subjetiva es el «estado» interior en el que el pensamiento tiene lugar. En lo que pensamos puede ser enormemente vasto —los tiempos y espacios cósmicos, por ejemplo—, mientras que el estado interior puede ser la más fugaz e insignificante actividad de la mente. No obstante, los objetos cósmicos, en la medida en que la experiencia los produce, no son más que imágenes ideales de algo cuya existencia no poseemos interiormente, sino que apenas señalamos hacia afuera, al tiempo que el estado interior es nuestra experiencia misma; su realidad y la de nuestra experiencia son una. Un campo consciente más su objeto tal como se siente o se piensa, más una actitud hacia el objeto, más el sentido de un yo al que pertenece la actitud: un trozo tan concreto de experiencia personal puede ser un trozo pequeño, pero es un trozo sólido mientras dura; no hueco, no un mero elemento abstracto de experiencia, tal como lo es el «objeto» cuando se lo toma por sí solo. Es un hecho pleno, aun cuando sea un hecho insignificante; es del tipo al que deben pertenecer todas las realidades sin excepción; las corrientes motoras del mundo lo atraviesan; está en la línea que conecta eventos reales con eventos reales. Ese sentimiento incompartible que cada uno de nosotros tiene del apretón de su destino individual tal como lo siente