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nydus/The Varieties of Religious ExperiencePublic
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Conferencias XI, XII y XIII

Cuando llegamos a los temperamentos más optimistas, la resignación se vuelve menos pasiva. Los ejemplos abundan de tal manera a lo largo de la historia que bien podría pasar por alto citar alguno. Tal como están las cosas, tomo el primero que me viene a la mente. Madame Guyon, un ser físicamente frágil, poseía sin embargo una feliz disposición innata. Atravesó muchos peligros con admirable serenidad de alma. Tras ser enviada a prisión por herejía⁠—

“Algunos de mis amigos —escribe—, lloraron amargamente al oírlo, pero tal era mi estado de aquiescencia y resignación que no logró arrancarme ni una sola lágrima.⁠ ⁠… Parecía haber en mí entonces, como veo que lo hay ahora, una pérdida tan absoluta de lo que concierne a mi persona, que cualquiera de mis propios intereses me causaba poco dolor o placer; deseando o anhelando siempre para mí tan solo aquello mismo que Dios quiere”.

En otro lugar escribe:

“Todos nosotros estuvimos a punto de perecer en un río que nos vimos en la necesidad de cruzar. El carruaje se hundió en las arenas movedizas. Otros que iban con nosotros se arrojaron fuera con un miedo excesivo. Pero descubrí que mis pensamientos estaban tan ocupados en Dios que no tuve una sensación clara del peligro. Es verdad que la idea de ahogarme cruzó por mi mente, mas no me produjo otra sensación o reflexión que esta: me sentí bastante contenta y dispuesta a que así fuera, si esa era la elección de mi Padre celestial”.

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