citado recién al jesuita Rodríguez sobre el tema de la obediencia, y para darle un giro inmediato y concreto a nuestra discusión sobre la pobreza, les leeré también una página de su capítulo sobre esta última virtud. Deben recordar que él escribe instrucciones para los monjes de su propia orden, y basa todas ellas en el texto: «Bienaventurados los pobres de espíritu».
«Si alguno de vosotros —dice— quiere saber si es o no verdaderamente pobre de espíritu, considere si ama las consecuencias y efectos ordinarios de la pobreza, que son el hambre, la sed, el frío, la fatiga y la privación de todas las comodidades. Ved si os alegra llevar un hábito gastado y lleno de remiendos. Ved si os alegra cuando falta algo en vuestra comida, cuando se os pasa por alto al servirla, cuando lo que recibís os resulta desagradable, cuando vuestra celda necesita reparaciones. Si no os alegráis de estas cosas, si en lugar de amarlas las evitáis, entonces hay prueba de que no habéis alcanzado la perfección de la pobreza de espíritu».