“Tras pasar la asfixia y la falta de aire, me pareció estar al principio en un estado de absoluta vacuidad; luego vinieron destellos de luz intensa, alternando con negrura, y con una aguda visión de lo que ocurría en la habitación a mi alrededor, pero sin sensación de tacto. Pensé que estaba cerca de la muerte; cuando, de repente, mi alma cobró conciencia de Dios, quien trataba manifiestamente conmigo, manejándome, por así decirlo, en una intensa y personal realidad presente. Lo sentí brotar en mí como un torrente de luz. … No puedo describir el éxtasis que sentí. Entonces, a medida que despertaba gradualmente del influjo de los anestésicos, la vieja sensación de mi relación con el mundo comenzó a regresar, la nueva sensación de mi relación con Dios comenzó a desvanecerse. De repente salté sobre la silla en la que estaba sentado y grité: «Es demasiado horrible, es demasiado horrible, es demasiado horrible», queriendo decir que no podía soportar tal desengaño. Luego me arrojé al suelo y al fin desperté cubierto de sangre, gritando a los dos cirujanos (que estaban asustados): «¿Por qué no me mataron? ¿Por qué no quisieron dejarme morir?». Pónganse a pensar en ello. Haber sentido durante ese largo éxtasis atemporal de visión al Dios verdadero, en toda su pureza, ternura, verdad y amor absoluto, y descubrir luego que, después de todo, no había tenido ninguna revelación, sino que había sido engañado por la excitación anormal de mi cerebro. > > «Sin embargo, queda esta pregunta: ¿Es posible que el sentido interno de realidad que sobrevino, cuando mi carne estuvo muerta a las impresiones de afuera, al sentido ordinario de las relaciones físicas, no fuera un delirio sino una experiencia real? ¿Es posible que yo, en ese momento, sintiera lo que algunos de los santos
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Conferencias XVI y XVII
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