manera, tienen sin embargo muchas otras cosas dentro de ellos además de su religión, y de manera inevitable se producen enredos y asociaciones impías. Las bajezas que tan comúnmente se achacan a la cuenta de la religión no son, por tanto, achacables en casi ningún caso a la religión en sí, sino más bien a la malvada socia práctica de la religión, el espíritu de dominio corporativo. Y los fanatismos son, en su mayoría y a su vez, achacables a la malvada socia intelectual de la religión, el espíritu de dominio dogmático, la pasión por dictar ley en forma de un sistema teórico absolutamente cerrado. El espíritu eclesiástico en general es la suma de estos dos espíritus de dominio; y os ruego que nunca confundáis los fenómenos de mera psicología tribal o corporativa que presenta con aquellas manifestaciones de la vida puramente interior que son el objeto exclusivo de nuestro estudio. El acoso a los judíos, la caza de albigenses y valdenses, la lapidación de cuáqueros y el suplicio del patíbulo para los metodistas, el asesinato de mormones y la matanza de armenios, expresan mucho más esa neofobia humana aborigen, esa combatividad de la que todos compartimos los vestigios, y ese odio innato al extranjero y a los hombres excéntricos y inconformistas en tanto que extranjeros, que lo que expresan la piedad positiva de los diversos perpetradores. La piedad es la máscara, la fuerza interior es el instinto tribal. Vosotros creéis tan poco como yo, a pesar de la unción cristiana con la que el emperador alemán se dirigió a sus tropas en su camino hacia China, que la conducta que sugirió, y en la que otros ejércitos cristianos los superaron, tuviera absolutamente nada que ver con la vida religiosa interior de los implicados en su ejecución.
Pues no más por las atrocidades pasadas que por esta debiéramos hacer responsable a la piedad. A lo sumo podemos culpar a la piedad de no