A los diecisiete años, Luis ingresó en la orden de los jesuitas a pesar de las apasionadas súplicas de su padre, pues era heredero de una casa principesca; y cuando un año después el padre murió, tomó la pérdida como una «atención particular» hacia él por parte de Dios, y le escribió cartas de afectado buen consejo, como de superior espiritual a superior, a su desconsolada madre. Pronto se convirtió en un monje tan bueno que, si alguien le preguntaba el número de sus hermanos y hermanas, tenía que reflexionar y contarlos antes de responder. Un Padre le preguntó un día si no le turbaba jamás el pensamiento de su familia, a lo que su única respuesta fue: «Nunca pienso en ellos sino al rezar por ellos». Jamás se le vio sostener en la mano una flor ni nada perfumado para regalarse con ello. Por el contrario, en el hospital solía buscar lo más repugnante y arrebataba con entusiasmo las vendas de las úlceras, etc., de las manos de sus compañeros. Evitaba la charla mundana e intentaba desviar de inmediato cualquier conversación hacia temas piadosos, o de lo contrario permanecía en silencio. Se negaba sistemáticamente a reparar en su entorno. Habiéndosele ordenado un día que trajera un libro del asiento del rector en el refectorio, tuvo que preguntar dónde se sentaba el rector, pues en los tres meses que llevaba comiendo el pan allí, con tal cuidado había guardado sus ojos que no se había fijado en el lugar. Un día, durante el recreo, habiendo mirado por casualidad a uno de sus compañeros, se reprochó a sí mismo como si hubiera cometido un grave pecado contra la modestia. Cultivaba el silencio por considerarlo protector frente a los pecados de la lengua; y su mayor penitencia era el límite que sus superiores imponían a sus penitencias corporales. Buscaba falsas acusaciones y reprimendas injustas como oportunidades para la humildad; y tal era su obediencia que, cuando un compañero de
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Conferencias XIV y XV
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