Todas estas cosas son efectos secundarios, acumulaciones secundarias sobre aquellos fenómenos de comunión vital con lo divino invisible, de los cuales les he mostrado tantos ejemplos, que se renuevan in saecula saeculorum en la vida de humildes hombres comunes.
¡Se acabó lo de los atributos metafísicos de Dios! Desde el punto de vista de la religión práctica, el monstruo metafísico que nos ofrecen para nuestra adoración es un invento absolutamente inútil de la mente erudita.
¿Qué diremos ahora de los atributos llamados morales?
Pragmatismo aparte, se hallan en un pie de igualdad totalmente diferente. Determinan positivamente el temor, la esperanza y la expectación, y son los cimientos de la vida santa. Basta una sola ojeada para advertir cuán grande es su significado.
La santidad de Dios, por ejemplo: al ser santo, Dios no puede querer sino el bien. Al ser omnipotente, puede asegurar su triunfo. Al ser omnisciente, puede vernos en la oscuridad. Al ser justo, puede castigarnos por lo que ve. Al ser amoroso, también puede perdonar. Al ser inmutable, podemos contar con él con seguridad.
Estas cualidades entran en conexión con nuestra vida, y es de suma importancia que estemos informados acerca de ellas.
Que el propósito de Dios en la creación sea la manifestación de su gloria es también un atributo que tiene relaciones definidas con nuestra vida práctica. Entre otras cosas, ha dado un carácter definido al culto en todos los países cristianos.
Si la teología dogmática realmente demuestra más allá de toda duda que existe un Dios con atributos como estos, bien puede afirmar que otorga una base sólida al sentimiento religioso. Pero, en verdad, ¿cómo están sus argumentos?