Psicológicamente y en principio, el precepto «Ama a tus enemigos» no es contradictorio en sí mismo. Es meramente el límite extremo de una especie de magnanimidad con la que, en forma de tolerancia compasiva hacia nuestros opresores, estamos bastante familiarizados.
Sin embargo, si se siguiera radicalmente, implicaría tal ruptura con nuestros resortes instintivos de acción en su conjunto, y con los arreglos del mundo actual, que se rebasaría prácticamente un punto crítico y naceríamos a otro reino del ser. La emoción religiosa nos hace sentir que ese otro reino está cerca, a nuestro alcance.
La inhibición de la repugnancia instintiva se prueba no solo al mostrar amor a los enemigos, sino al mostrárselo a cualquiera que resulte personalmente aborrecible. En los anales de la santidad encontramos una curiosa mezcla de motivos que impulsan en esta dirección. El ascetismo desempeña su papel; y junto con la caridad pura y simple, hallamos la humildad o el deseo de renunciar a la distinción y de revolcarse en el nivel común ante Dios. Ciertamente, los