negativa tan sumaria a su satisfacción. Uno pensaría que en más hombres la coraza del secreto habría tenido que abrirse, el absceso reprimido estallar y encontrar alivio, aun cuando el oído que escuchara la confesión fuera indigno. La Iglesia católica, por obvias razones utilitarias, ha sustituido la confesión auricular ante un solo sacerdote por el acto más radical de la confesión pública. Nosotros, los protestantes de habla inglesa, en la general autosuficiencia e insociabilidad de nuestra naturaleza, parecemos encontrar suficiente con tomar a Dios a solas en nuestra confianza.
El siguiente tema sobre el que debo comentar es la oración, y esta vez ha de ser con menos brevedad. Últimamente hemos oído hablar mucho en contra de la oración, especialmente en contra de las peticiones de mejor clima y de la recuperación de los enfermos. En lo que respecta a las oraciones por los enfermos, si algún hecho médico puede considerarse firme, es que en ciertos entornos la oración puede contribuir a la recuperación y debe fomentarse como medida terapéutica. Al ser un factor normal de la salud moral de la persona, su omisión sería perjudicial. El caso del clima es diferente. A pesar de lo reciente de la creencia contraria, hoy en día todo sabe que las sequías y las tormentas se deben a antecedentes físicos, y que los llamamientos morales no pueden evitarlas. Pero la oración de petición es solo un departamento de la oración; y si tomamos la palabra en el sentido más amplio como significado de toda clase de comunión o conversación interior con el poder reconocido como divino, podemos ver fácilmente que la crítica científica la deja intacta.
La oración en este sentido amplio es el alma misma y la esencia de la religión.
«La religión», dice un teólogo liberal francés, «es un trato, una relación consciente y voluntaria, establecida por