Hasta aquí el amor humano suscitado por el estado de fe. Permítanme hablar a continuación de la Ecuanimidad, la Resignación, la Fortaleza y la Paciencia que este aporta.
«Un paraíso de tranquilidad interior» parece ser el resultado habitual de la fe; y es fácil, aun sin ser uno mismo religioso, comprender esto.
Hace un momento, al tratar del sentido de la presencia de Dios, hablé del sentimiento inexplicable de seguridad que uno puede experimentar entonces. Y, en efecto, ¿cómo podría dejar de calmar los nervios, enfriar la fiebre y aplacar la zozobra el hecho de ser sensiblemente consciente de que, sin importar cuán grandes parezcan las dificultades de uno en un momento dado, la vida de uno en su conjunto está bajo la custodia de un poder en el que se puede confiar absolutamente?
En los hombres profundamente religiosos, el abandono de uno mismo a este poder es apasionado. Quien no solo dice, sino que siente , «Hágase la voluntad de Dios», está blindado contra toda debilidad; y todo el despliegue histórico de mártires, misioneros y reformadores religiosos está ahí para demostrar la tranquilidad de espíritu que, en circunstancias naturalmente agitadas o angustiosas, aporta la entrega de uno mismo.
El temple de la tranquilidad de espíritu difiere, por supuesto, según la persona sea de un temperamento constitucionalmente sombrío o constitucionalmente alegre. En el sombrío participa más de la resignación y la sumisión; en el alegre es un consentimiento gozoso. Como ejemplo del primer temple, cito parte de una carta del profesor Lagneau, un venerado maestro de filosofía que falleció recientemente, siendo un gran enfermo, en París:—