paz. > > Me encontraba en un estado de goce tranquilo, casi pasivo, sin pensar realmente, sino dejando que las ideas, las imágenes y las emociones fluyeran por sí mismas, por decirlo así, a través de mi mente. De repente, sin advertencia de ningún tipo, me vi envuelto en una nube del color de las llamas. Por un instante pensé en el fuego, en un incendio inmenso en algún lugar cercano de aquella gran ciudad; al momento siguiente, supe que el fuego estaba dentro de mí. > > Inmediatamente después se apoderó de mí una sensación de exultación, de inmensa alegría acompañada o seguida de inmediato por una iluminación intelectual imposible de describir. Entre otras cosas, no llegué meramente a creer, sino que vi que el universo no está compuesto de materia muerta, sino que es, por el contrario, una Presencia viva; cobré conciencia en mí mismo de la vida eterna. No fue la convicción de que tendría vida eterna, sino la conciencia de que poseía la vida eterna entonces; vi que todos los hombres son inmortales; que el orden cósmico es tal que, sin género de duda, todas las cosas concurren para el bien de todos y cada uno; que el principio fundamental del mundo, de todos los mundos, es lo que llamamos amor, y que la felicidad de todos y cada uno es a la larga absolutamente cierta. > > La visión duró unos pocos segundos y se desvaneció; pero el recuerdo de esta y el sentido de la realidad de lo que enseñó han permanecido durante el cuarto de siglo que ha transcurrido desde entonces. Supe que lo que la visión mostraba era verdad. Había alcanzado un punto de vista desde el cual vi que tenía que ser verdad. Ese punto de vista,
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Conferencias XVI y XVII
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