Pero, como vimos, todas estas cosas juntas no hacen que los santos sean infalibles.
Cuando su perspectiva intelectual es limitada, caen en toda clase de excesos sagrados, fanatismo o absorción teopática, autotormento, prudencia afectada, escrupulosidad, credulidad e incapacidad morbida para enfrentarse al mundo.
Por la intensidad misma de su fidelidad a los ideales mezquinos con los que un intelecto inferior pueda inspirarlo, un santo puede ser aún más objetable y detestable de lo que sería un hombre carnal superficial en la misma situación.
Debemos juzgarlo no solo sentimentalmente, y no de forma aislada, sino empleando nuestros propios estándares intelectuales, situándolo en su entorno y evaluando su función total.
Ahora bien, en cuanto a las normas intelectuales, debemos tener presente que es injusto, cuando encontramos estrechez de miras, achacarla siempre como un vicio al individuo, pues en asuntos religiosos y teológicos este probablemente absorbe su estrechez de su generación. Además, no debemos confundir lo esencial de la santidad, que son esas pasiones generales de las que he hablado, con sus accidentes, que son las determinaciones especiales de estas pasiones en cualquier momento histórico. En estas determinaciones los santos por lo general serán fieles a los ídolos temporales de su tribu. Refugiarse en monasterios era tanto un ídolo de la tribu en la Edad Media, como lo es hoy arrimar el hombro en la labor del mundo. San