Sin embargo, la región invisible en cuestión no es meramente ideal, pues produce efectos en este mundo. Cuando comulgamos con ella, se realiza verdaderamente una obra sobre nuestra personalidad finita, pues nos transformamos en hombres nuevos, y en el mundo natural se siguen consecuencias en la conducta a partir de nuestro cambio regenerativo. Pero aquello que produce efectos dentro de otra realidad debe ser calificado a su vez de realidad, de modo que siento como si no tuviéramos ninguna coartada filosófica para tildar de irreal al mundo invisible o místico.
Dios es la denominación natural, para nosotros los cristianos al menos, de la realidad suprema, así que llamaré a esta parte superior del universo con el nombre de Dios.
Nosotros y Dios tenemos asuntos mutuos; y al abrirnos a su influencia nuestro destino más profundo se cumple. El universo, en aquellas partes de él que nuestro ser personal constituye, toma un rumbo genuinamente peor o mejor en proporción a como cada uno de nosotros cumple o evade las demandas de Dios.
Hasta este punto probablemente estén conmigo, pues solo traduzco a un lenguaje esquemático lo que puedo llamar la creencia instintiva de la humanidad: Dios es real puesto que produce efectos reales.
Los efectos reales en cuestión, tal como hasta ahora los he admitido, se ejercen sobre los centros personales de energía de los distintos sujetos, pero la fe espontánea de la mayoría de ellos es que abarcan una esfera más amplia que esta. La mayoría de los hombres religiosos creen (o «saben», si son místicos) que no solo ellos mismos, sino todo el universo de seres ante los cuales Dios está presente, están seguros en sus manos paternales. Hay un sentido, una dimensión, de la que están seguros, en la que todos estamos