El programa es excelente; el universo es un lugar donde a las cosas les siguen otras cosas que a la vez las corrigen y las colman; y una lógica que nos diera algo parecido a este movimiento de hechos expresaría la verdad mucho mejor que la lógica escolar tradicional, que jamás pasa por iniciativa propia de nada a ninguna otra cosa, y registra únicamente predicciones y subsunciones, o semejanzas y diferencias estáticas.
Nada podría ser más ajeno a los métodos de la teología dogmática que los de esta nueva lógica. Permítanme citar para ilustrarlo algunos pasajes del trascendentalista escocés al que ya he nombrado.
«¿Cómo hemos de concebir —escribe el director Caird— la realidad en la que descansa toda inteligencia?». Y responde: «Dos cosas pueden probarse sin dificultad, a saber: que esta realidad es un Espíritu absoluto y, a la inversa, que solo en comunión con este Espíritu o Inteligencia absolutos puede el Espíritu finito realizarse.
Es absoluto; pues el más leve movimiento de la inteligencia humana se detendría si no presupusiera la realidad absoluta de la inteligencia, del pensamiento mismo. La duda o la negación mismas lo presuponen y lo afirman indirectamente. Cuando declaro que algo es verdadero, lo declaro, en efecto, como relativo al pensamiento, pero no como relativo a mi pensamiento, o al pensamiento de cualquier otra mente individual. De la existencia de todas las mentes individuales como tales puedo hacer abstracción; puedo prescindir de ellas mediante el pensamiento. Pero de lo que no puedo prescindir es del pensamiento o la autoconsciencia misma, en su independencia y absolutismo, o, en otras palabras, de un Pensamiento o Autoconsciencia Absolutos».