El misterio metafísico, reconocido así por el sentido común, de que quien se alimenta de la muerte que se alimenta de los hombres posee la vida de manera supereminente y excelente, y satisface de la mejor manera las exigencias secretas del universo, es la verdad de la cual el ascetismo ha sido el fiel defensor.
La insensatez de la cruz, tan inexplicable para el intelecto, guarda sin embargo su significado vital indestructible.
De manera representativa, pues, y simbólica, y aparte de los vagabundeos en los que el intelecto desprovisto de luces de épocas anteriores pudo dejarla caer, creo que debe reconocerse que el ascetismo va de la mano con la forma más profunda de gestionar el don de la existencia.
El optimismo naturalista es mera nata montada, adulación y bizcocho en comparación.
El curso de acción práctico para nosotros, como hombres religiosos, no consistiría por tanto, según me parece, en simplemente dar la espalda al impulso ascético, como la mayoría de nosotros se la damos hoy, sino más bien en descubrir para él alguna vía de salida cuyos frutos en forma de privación y dureza pudieran ser objetivamente útiles.
El ascetismo monástico más antiguo se ocupaba de futilidades patéticas, o terminaba en el mero egoísmo del individuo, acrecentando su propia perfección. ¿Pero no nos es posible descartar la mayoría de estas formas más antiguas de mortificación y hallar aun así cauces más sensatos para el heroísmo que las inspiró?
¿No contribuye, por ejemplo, el culto al lujo material y a la riqueza, que constituye una parte tan grande del «espíritu» de nuestra época, en cierto modo al afeminamiento y a la falta de virilidad?