A pesar de resultar tan chocante para los gustos intelectuales imperantes, creo que una consideración sincera del sobrenaturalismo fragmentario y una discusión exhaustiva de todas sus repercusiones metafísicas demostrarán que es la hipótesis mediante la cual se satisface el mayor número de exigencias legítimas. Eso, por supuesto, constituiría un programa para otros libros distintos a este; lo que ahora digo le indica suficientemente al lector filosófico el lugar al que pertenezco.
Si se me pregunta exactamente dónde radican las diferencias de hecho que se deben a la existencia de Dios, tendría que responder que, en general, no tengo otra hipótesis que ofrecer más allá de lo que el fenómeno de la «comunión de oración», especialmente cuando participan en él ciertos tipos de incursión de la región subconsciente, sugiere de inmediato.
La apariencia es que en este fenómeno algo ideal, que en un sentido es parte de nosotros mismos y en otro sentido no es nosotros mismos, ejerce realmente una influencia, eleva nuestro centro de energía personal y produce efectos regeneradores inalcanzables de otros modos.
Si existe entonces un mundo de ser más amplio que el de nuestra conciencia cotidiana, si hay en él fuerzas cuyos efectos sobre nosotros son intermitentes, si una condición que facilita tales efectos es la apertura de la puerta «subliminal», tenemos los elementos de una teoría a la que los fenómenos de la vida religiosa prestan plausibilidad.
Estoy tan impresionado por la importancia de estos fenómenos que adopto la hipótesis que sugieren con tanta naturalidad. Al menos en estos puntos, digo, parecería como si las energías transmundanas, Dios si se quiere, produjeran efectos inmediatos dentro del mundo natural al que pertenece el resto de nuestra experiencia.