Las palabras «misticismo» y «místico» se usan a menudo como términos de mera desaprobación, para arrojarlos contra cualquier opinión que consideremos vaga, vasta y sentimental, y carente de base tanto en los hechos como en la lógica.
Para algunos escritores, un «místico» es cualquier persona que cree en la transferencia de pensamiento o en el retorno de los espíritus. Empleada de este modo, la palabra tiene poco valor: hay demasiados sinónimos menos ambiguos.
Así pues, para mantener su utilidad limitándola, haré lo que hice en el caso de la palabra «religión», y simplemente les propondré cuatro características que, cuando una experiencia las posee, pueden justificar que la califiquemos de mística para los fines de las presentes conferencias. De este modo nos ahorraremos las disputas verbales y las recriminaciones que por lo general las acompañan.
- Inefabilidad. —La marca más práctica con la que clasifico un estado mental como místico es negativa. Quien lo experimenta dice inmediatamente que desafía la expresión, que no se puede dar ningún informe adecuado de su contenido en palabras. De esto se deduce que su cualidad debe ser directamente experimentada; no puede ser impartida ni transferida a otros. En esta peculiaridad, los estados místicos se parecen más a los estados de sentimiento que a los estados del intelecto. Nadie puede dejarle claro a otro que nunca ha tenido cierto sentimiento en qué consiste su cualidad o su valor. Hay que tener oído musical para conocer el valor de a una sinfonía; hay que haber estado enamorado uno mismo para comprender el estado mental de un amante. A falta de corazón o de oído, no podemos interpretar justamente al músico o al amante, y es incluso probable que los consideremos débiles mentales o absurdos. El místico descubre que la mayoría de nosotros le concede a sus experiencias un trato igualmente