naturaleza parece anularse a sí misma. Los libros de teología natural que satisficieron el intelecto de nuestros abuelos nos parecen bastante grotescos, al representar, como lo hacían, a un Dios que ajustaba las cosas más grandes de la naturaleza a nuestros más mezquinos caprichos particulares. El Dios que la ciencia reconoce debe ser un Dios de leyes exclusivamente universales, un Dios que opera al por mayor, no al por menor. No puede acomodar sus procesos a la conveniencia de los individuos. Las burbujas en la espuma que cubre un mar tempestuoso son episodios flotantes, creados y deshechos por las fuerzas del viento y del agua. Nuestros yos privados son como esas burbujas —epifenómenos, según los llamó ingeniosamente Clifford, creo—; sus destinos no pesan nada ni determinan nada en las corrientes de acontecimientos irremediables del mundo.
Ves cuán natural es, desde este punto de vista, tratar la religión como una mera supervivencia, pues la religión en verdad perpetúa las tradiciones del pensamiento más primigenio. Coaccionar a los poderes espirituales, o congraciarse con ellos y ponerlos de nuestra parte, fue, durante inmensos periodos de tiempo, el gran objetivo en nuestros tratos con el mundo natural. Para nuestros antepasados, los sueños, las alucinaciones, las revelaciones y los cuentos chinos se mezclaban inextricablemente con los hechos. Hasta una fecha comparativamente reciente, distinciones como las que existen entre lo verificado y lo meramente conjeturado, entre los aspectos impersonales y personales de la existencia, apenas se sospechaban o concebían. Todo lo que imaginabas de un modo vívido, todo lo que considerabas oportuno como verdad, lo afirmabas con confianza; y todo lo que afirmabas, tus camaradas lo creían. La verdad era lo que aún no había sido contradicho, la mayoría de las cosas se asimilaban en la mente desde